La Colifata en época de Pandemia

Alfredo Olivera, fundador de La Colifata: "En momentos de encierro, creamos un nuevo afuera"

Desde Francia, donde replicó la experiencia radial de los internos del Borda, habla de cómo garantizar el acceso a la comunicación de quienes sufren un doble confinamiento. "¿Nos damos cuenta ahora que el encierro hace mal?".

Por Gustavo Sarmiento 19 de Julio de 2020

Alfredo Olivera relata con una anécdota por qué en Radio La Colifata consideraron esencial no cortar el servicio durante la cuarentena: José Bandeo es interno en el Pabellón Siglo XXI, donde ocurrió el primer caso de Covid-19 en el Borda. Tenía un teléfono. Y fue el corresponsal "desde adentro". Un día, empezó la transmisión y llamó una oyente, Amalia, que tiene un hermano internado en el hospital: "Ojalá le llegue mi mensaje". José recorre el pabellón y aparece Alfredo. Dice que es pianista, que se aburre mucho y que espera que "esto pase rápido". En ese momento entra un mensaje al WhatsApp de la radio. Era Amalia. "¡Alfredo es mi hermano! Díganle que mañana le llevo un órgano". Así, Alfredo empezó a musicalizar las salidas al aire de José, y también el noticiero colifato que realiza Mario Maneiro, ex interno, por Zoom desde su casa en Florencio Varela. "Borrar fronteras, crear un nuevo afuera –dice Olivera–; en momentos de encierro, la comunicación es fundamental". Y no se refiere sólo a los internos. Alfredo fue, hace casi 30 años, fundador de La Colifata, la primera emisora que funciona desde un neuropsiquiátrico, y con la que sigue unido a la distancia. Hoy trabaja como psicólogo para el sector público francés en el Centro Médico Psicológico de Asnierès sur Seine ("un municipio pegado a París, como si dijera Vicente López"). En 2009 concretó la idea de replicar La Colifata en Francia, que allá también se volvió fundamental para pacientes y profesionales galos al inicio de la cuarentena, a mediados de marzo, transformándose en una emisora web 24x24, con la que se siguió tratando y conectando a las personas. Cada situación tiene su contexto, y Francia no es la Argentina: "En nuestro país, a pesar de que está la Ley Nacional de Salud Mental, sigue ocupando un rol central el hospital monovalente, con un promedio de internación de ocho años. Aquí en Francia, ante una crisis, la persona permanece uno o dos meses, no más, y luego hay montón de dispositivos comunitarios en salud mental como casas de medio camino u hospitales de día, y estructuras de acompañamiento para los pacientes desde una perspectiva integral, desde lo habitacional y el trabajo hasta las relaciones grupales y el acompañamiento en trámites. Justamente, La Colifata desnudó la ausencia en la Argentina de todos estos dispositivos, tan necesarios, y que juegan un rol importante una vez que las personas tienen el alta. De hecho, el índice de reinternación de las personas que continúan participando de La Colifata es muy bajo, del 10%, comparado con el general del Borda, que es del 40 por ciento. No es un tema de volumen de plata, sino de reconversión de esos recursos". PUBLICIDAD –¿Cómo fue la experiencia de La Colifata Francia durante la cuarentena? –Acá el confinamiento estricto comenzó cerca del 20 de marzo. En lo que se llama CATTP (Centre d'accueil thérapeutique à temps partiel) hacemos la radio, talleres de escritura, un journal, teatro y lo que llamamos "acogida" cuando los lunes vienen todos y se planifican las actividades para la semana, siempre ligado a lo artístico, lo grupal y el ejercicio de la palabra, con unos 50 personas. De repente vino la pandemia y chau. Cerró todo. Cada uno encerrado en su casa. Por suerte agarré unos días antes los equipos y me los traje a casa, y junto con un compañero montamos el CATTP a distancia durante dos meses y medio. Lo primero fue hacer un diagnóstico de conectividad, desde la señora que lo único que tiene es un teléfono fijo hasta el que maneja redes y tiene wi fi. Y diseñamos grupos, con la idea de garantizar la continuidad de cada taller a distancia y que sea en vivo, por La Colifata en formato web, con comentarios por whatsapp y Zoom. Se generaban situaciones geniales, y logramos reinventar un afuera viviente. A lo largo de estos casi tres meses pudimos acompañar el proceso de cada uno, y además conectábamos a cada profesional con sus pacientes. Después hablé con compañeros y compañeras de Argentina y les dije: miren que podemos hacer La Colifata en directo eh. –¿Cómo fue la experiencia argentina? –A pesar de las conexiones un poco endebles y hay gente que no tiene acceso ni a un teléfono, se armó una red bastante importante que garantizó seguir con las transmisiones de los sábados y sumar envíos los martes y jueves. Pusimos a disposición de todo el hospital la antena, para sintonizar la radio sin internet, y abrimos a todo el mundo el wifi de La Colifata, que en realidad debería brindar el Estado. Era fundamental garantizar el acceso a la comunicación de personas que estaban sufriendo un doble confinamiento: el encierro y la cuarentena. Encaramos la campaña, que aún la estamos haciendo a la población, de inundar de afecto el Borda, que les llegue a los que están internados, con la ayuda y complicidad de profesionales del Borda, desde psicólogos y psiquiatras hasta enfermeros, entre ellos Fabián, del Servicio 29, que presta su teléfono desde hace dos meses para que los internos puedan salir en directo en La Colifata. Y emprendimos una campaña de donación de radios que hicimos llegar a distintos servicios del Borda. Infiltramos afecto, exfiltramos voces. -- [20200719 Alfredo Olivera La Colifata I - SOC -] not exists. -- –¿Cómo es la interacción con el resto de la comunidad? –Se trata de borrar fronteras, crear un nuevo afuera, porque se pierde la referencia del afuera, todo es “in”. A lo sumo, la percepción del afuera es chata o bidimensional, y nosotros hicimos un bricolaje extrañísimo, con teléfono fijo, radio, WhatsApp, videoconferencias, que permite recuperar la idea temporal-espacial entre pacientes, profesionales de la salud y oyentes de la comunidad. Hay testimonios de España, Italia, Francia, de internos como Francisco, que nos enteramos que sabía italiano cuando empezó a hablar con un oyente de allá. Y a través de la radio, Francisco empezó a comunicarse con su esposa, que está internada en el Moyano. Juntamos a los que están afuera y a los que están adentro. O un interno de Senegal que escucha a gente del estudio de París (porque salimos al aire en Argentina y nos conectamos también desde Francia), y se pone a charlar en francés. Y se notaba lo bueno que le hacía poder aflojar, hablar su lengua. Aunque en realidad era casi una triple situación de dificultad de dominación, porque en realidad habla la lengua de su colonizador. Y hasta ofrecemos espacios radiales a la comunidad para que lo hagan junto a los pacientes. Decimos: "Estas encerrado hace tres meses, los expertos en esto de estar encerrados, los colifatos, te dan aire".  –¿Qué dicen esos relatos? –Hay situaciones curiosas: los expertos en confinamiento, que se pasan la vida perdiendo la libertad, terminan aconsejando a quienes inauguran esa situación, y son los que le dan aire a quienes se sienten encerrados. Esto, que es extraordinario para todos, es algo de lo ordinario y lo habitual para ellos. ¿Nos damos cuenta ahora que el encierro en sí mismo hace mal? En este caso, las cosas van teniendo su proceso. Como es una realidad común para todos, se establecen lazos solidarios como nunca. Aunque después a medida que va pasando el tiempo es cada vez más difícil. No es que vos te fuiste del mundo, el mundo se fue de vos. No es que te retiraste del afuera, el afuera desapareció. Se opacó, se detuvo. Por lo tanto, la fórmula de "voy a aprovechar a hacer lo que no podía hacer antes", termina siendo conflictiva e irrealizable, porque no es un tiempo que le quito a otra cosa, ya el afuera se interrumpió. En situaciones normales, si quiero abstraerme del mundo que está ahí afuera me leo un libro, pero en ese caso el mundo sigue ahí; ahora cuando en realidad lo que se detuvo fue eso que llamamos mundo, todo se trastoca. Y si no se sostiene con un discurso coherente y con claridad por qué uno está privado de la libertad este tiempo, las cosas pierden sentido y empieza a pasar lo que pasa en la Argentina, con mezcolanzas, los anticuarentena, discursos de odio y demás. –En Francia están en una etapa más avanzada. ¿Se vieron consecuencias de la cuarentena en las personas? –Aquí parece haber sido más difícil el momento del desconfinamiento, que el confinamiento en sí. Antes había que resistir, acompañar, las cosas eran claras, y cuando se empieza a salir, curiosamente aparecen temores: “Voy a salir, pero me encuentro con ese enemigo invisible que puede estar en cualquier lugar, que me puede atacar de cualquier manera". Después, te queda la sensación de salir del sueño. Se instaló otra cotidianeidad, con otro ritmo. Y al mismo tiempo aparece mucha ansiedad respecto de afrontar la "vieja" normalidad, que en la mayoría de los casos, salvo pocas excepciones, no es una normalidad muy amigable en términos de la cantidad de horas que hay que trabajar, el viaje, el modo de vida. El tipo de sociedad en la que vivimos genera también mayor dificultad para el desconfinamiento. Y por otro lado se dio una gran capacidad de aguante para las personas que ya tienen experiencia de confinamiento, lo que para ellas antes era vivido como culpógeno, los "locos" que no podían ver a amigos o que no tienen vida social, siempre adentro, y a quienes se les remarcaba que lo que cura y hace bien es la apertura, abrirse al mundo, ahora les aconsejamos que se guarden, como el resto. Y estas personas lo han soportado bastante bien, dentro de todo. –¿Cómo están los casos allá? –El virus no desapareció. Pero se da una paradoja: en las calles de París se ve una negación de lo ocurrido. La gente se hartó y hace cualquier cosa. No obstante, en las instituciones –la escuela, el trabajo, la administración pública–, los protocolos de seguridad y distanciamiento son enormes. En la Argentina, en cambio, la ley termina encarnándola el ciudadano común de un modo patético: el del megáfono desde el cuarto piso que buchonea al que sale. Y en el ámbito privado, la prevención parece menos fuerte que en la calle. El encierro genera también en mucha gente una exacerbación del odio y el fascismo. La sensación de eternidad en el instante, displacentera, produce que no haya posibilidades de perspectiva. Entonces algunos quieren salirse de esa angustia que acapara todo apelando a conductas y discursos de odio. En situaciones tan extremas aparece lo mejor y lo peor de cada uno. Seguimos siendo exactamente lo que éramos y pensábamos antes, pero ahora aparecemos en dimensiones más exacerbadas. Y La Colifata, justamente, aporta poniendo en acción una respuesta creativa y de encuentro en la constitución de un nuevo afuera compartido, que ayuda a transitar este período complicado de un modo colectivo, ligados a los proyectos y a la creación. Eso es tan importante como necesario. Y nos permitió volver a las fuentes de La Colifata, a conectar el adentro con el afuera, o como le llamamos en este caso, el adentro con el otro adentro.   « Confunden libertad e ignorancia "No hubo ninguna marcha anticuarentena en Francia", dice Olivera, sonriendo al otro lado del teléfono. Menciona el alto grado de irresponsabilidad y negación de esos grupos frente a "algo evidente: que el virus se contagia en el contacto, por lo tanto es tiempo de evitarlo". Y reflexiona: "¿Por qué frente la evidencia de que a ningún gobierno le convendría llevarnos a una situación de confinamiento obligatorio, un sector de la sociedad, principalmente aquellos de capas medias urbanas, salen furibundamente a pelear contra esto? Ahí hay un discurso que también tiene que ver con el neoliberalismo, que hace un corrimiento de aquellos sectores marginalizados, elaborando un constructo discursivo en el que ubica a los desplazados viviendo de la gran teta del Estado, vagos, choriplaneros, que no quieren trabajar, y se mezcla un discurso fascista, sumido en el odio, que tiene que ver con una identificación un tanto alienada con valores que ni siquiera te representan. Ese tipo de discurso, que anida en gran parte de la clase media argentina, se vuelve a reacomodar en esta situación puntual, canalizando odios y frustraciones con agresiones y desobediencias, donde se confunde libertad de expresión con ignorancia extrema". La Colifata, abierta a la comunidad Otra iniciativa que impulsó La Colifata durante la cuarentena fue el "grupo de proyectos". Aparte del funcionamiento en el Hospital Neuropsiquiátrico José T. Borda, la radio tiene un estudio profesional en la sede de Villa Ortúzar, donde buscan ir poblando de programas su frecuencia de 100.3 Mhz. Entonces, la abrieron a la comunidad, pero con una condición, que no es económica: para tener programas en vivo deben confluir con las personas que van saliendo de la psiquiatría. Así lo explica Olivera: "Para incorporarte queremos que escuches los proyectos que van aportando ellos, y vos presentes el tuyo. Y ahí se arma algo. Con la pandemia, dijimos: ¿te hace falta aire, oxígeno?, ¿estás encerrado hace meses? Los expertos en esto de estar encerrados, los Colifatos, te dan aire". Obviamente, dadas las circunstancias, todo empezó de manera virtual, y en el Zoom privado interactúan personas de la comunidad y Colifatos. Luego, los lunes, sale al aire el resultado de ese encuentro. "Tenés ganas de tener un programa de radio sobre política, entonces llamás a La Colifata, participás de las reuniones del Grupo de Proyectos y, por ejemplo, aparece Cristian Javier Ruggeri, que está saliendo de la psiquiatría, y dice: 'Me interesa ser tu columnista', y así se va construyendo todo".



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